Opinión

Un aplauso a los que aplaudieron

Los cambios cuestan, amigo lector. Ya sean en el plano particular o colectivo los cambios cuestan y más cuando estos cambios tienen que ver con costumbres arraigadas a lo largo de mucho tiempo.
08/09/17 - 14:33
  • Todo el público presente en el Defensores del Chaco aplaudió a la selección paraguaya pese a la derrota. FOTO: @Albirroja.
    Todo el público presente en el Defensores del Chaco aplaudió a la selección paraguaya pese a la derrota. FOTO: @Albirroja.
Por Robert Singer
rsinger@tigosports.com.py

Los cambios cuestan y por ello es que nos parece importante marcar, resaltar, destacar todo aquello que podrían parecer señales de que hay voluntad de cambio que es, sin ninguna duda, el primer requisito. Si no se desea, de verdad, desde adentro, desde el convencimiento, ese cambio, demás está decir que no lo habrá jamás.

Antes del partido contra Uruguay nos había tocado opinar que estaría bueno que el Defensores luciera un marco lleno pero hacíamos hincapié, en tono de ruego, que la gente que fuera al estadio lo hiciera de buena fe, con buena onda, con buena vibra, como dicen hoy los chicos.

Pedíamos que no fueran con esa mala onda que hace que si dos pases seguidos salen mal se empiece a gritar y cantar contra los jugadores paraguayos.Estábamos ante la posibilidad fantástica de terminar el combo en una posición de privilegio faltando apenas dos partidos y la carga anímica positiva después del excelente triunfo ante Chile generaba un escenario que, lejos del triunfalismo, al menos de nuestra parte, sí  permitía soñar con los pies en tierra. El primer tiempo fue decepcionante como partido.

Uno conoce las características de los dos guay, Para y Uru, pero siempre está la esperanza de que algo bueno se vea y esto no pasó. Fue un primer tiempo trabado, de fricción, de choque, de cautela, feo. En el segundo lo de la albirroja fue tal y cual queríamos verla y creímos que íbamos a ver desde el primer tiempo. Salió a llevárselo por delante a Uruguay y no se quedó en la intención sino que lo hizo. Y, para nosotros, lo más lindo fue que esta manera de lanzarse al ataque y a ser protagonista absoluto no se basó apenas en una cuestión física ni anímica sino que tuvo un alto componente futbolístico.

Paraguay abrió la cancha, tocó, adelantó líneas, presionó y así fue cercando a una celeste que jugó así como nosotros lo hemos hecho tantas veces,  poniendo el traste contra el poste y colgándose de su propio travesaño. Dos paraguayos, Gómez y Ortiz, se molestaron para cabecear una pelota que cualquiera de los dos, por separado, hubiese marcado el gol…y no fue gol, Sasá bajó con el pecho ese hermoso pase de Cecilio –que entró tarde, lamentablemente- y su tiro pegó en el poste, una rara definición entre Lucas y Godín pasó “lamiendo el poste”, una exhibición de técnica de Almirón pasó al lado de un ángulo y así se iba el partido.

Y si parecía que nosotros no íbamos a meter por aquello de que no estábamos ligando, nada hacía predecir que ocurriría lo que ocurrió. Dos goles en contra y ya fue imposible empatar pese al descuento de Ángel. Perdimos. Una vez más perdimos en casa, esta vez ya en una instancia casi decisiva. La desilusión era enorme pero he aquí que surgió lo más lindo de la noche: apenas sonó el pitazo final y mientras los hinchas celestes disfrutaban y festejaban, merecidamente, en el sector destinado a ellos todo el resto del público que estaba en el Defensores se puso de pie ¡a aplaudir a la selección paraguaya! Lo veíamos por la tele y se nos ponía la piel de gallina, el pirí fue total. Nada de abucheos, nada de silbidos, nada de reproches y sí aplausos, y gritos de aliento.

Está bueno, amigo lector. Y desde esta columna nos alegra inmensamente comprobar que hay luz al final del túnel, que estamos aprendiendo a reconocer que el fútbol, además de la entrega física que siempre la tuvimos y la seguimos teniendo es juego, es desborde, es presión en campo rival, es atacar de todas las maneras posibles, es hacer sentir que el equipo va por todo. En un partido en cancha de Olimpia el público decano se animó a demostrarle su disconformidad a un ícono como Ever Almeida cuando, con todo el derecho que tiene todo director técnico, decidió un cambio y este cambio significó la salida de la cancha de Willy Mendieta.

Desde lo táctico se podría haber entendido el cambio pero el público sintió que el espectáculo perdía con la salida de Willy. En el clásico tanto Almeida como Álvarez fueron reprochados por sus parcialidades que creyeron –y con razón- que no habían puesto toda la carne al asador y que fueron, digámoslo de manera elegante, extremadamente cautelosos y en Cerro y Olimpia hay que salir a ganar, siempre, contra cualquiera. Aplaudir a la selección después del partido ante Uruguay no era aplaudir a perdedores.

Aplaudir a la selección era demostrar que en la vida no siempre se gana pero que es importante, fundamental, dejar todo en pos de un objetivo. Sí, amigo lector, está bueno que estemos cambiando, que reconozcamos e incluso exijamos la entrega física pero que a esa exigencia le agreguemos el aporte de juego, de fútbol. Solamente correr, es atletismo; en el fútbol hay que jugar.

La selección paraguaya lo hizo. Metió como siempre y jugó como nunca demostrando, confirmándonos, en realidad, que ese, sin ninguna duda, es el camino a seguir y no hablamos de futuro, no hablamos de Qatar, nosotros seguimos hablando de presente y seguimos hablando de Rusia. Fue muy lindo lo que hizo el público paraguayo al despedir a la selección.

Un aplauso a los que aplaudieron.

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