Opinión

Pequeñas historias de una copa

Joel y Hernán, de 8 y 11 años, respectivamente, se abrazan y entonan a coro con los hinchas las canciones para alentar al equipo que está a punto de pisar el verde césped. En las espaldas de unas ya gastadas casacas con los colores rojo y azul, uno lleva el número 10 y el otro el 9, quizás como parte de un sueño de ser ellos los que estén a punto de jugar un partido decisivo como el que están por presenciar y ser como los hermanos Romero, Ángel y Óscar. Mientras tanto, cantan, y cómo cantan. Se saben de punta a punta la letra de cada canción y la alegría en sus rostros es inigualable.
12/12/17 - 12:12
  • Impresionante imagen de La Nueva Olla el domingo. Foto: @CCP2912oficial
Por David Arana
David.ARANA@tigo.net.py

Raúl, mientras tanto, de 20 años, ataviado también con una remera azulgrana, como el 90% de los que estaban en el estadio el domingo, permanece sentado y solo golpea de vez en cuando los pies como acompañando el ritmo de toda esa algarabía que le rodeaba. Me preguntaba por qué. Luego, con un golpe de vista algo indiscreto, pude visualizar la pantalla de su celular y en ella había un largo texto con lenguaje financiero. El examen final del lunes en la facultad de Economía no era posible de evitar, como tampoco las ganas de estar presente en lo que podía ser una consagración del club de sus amores.

Don Marcial, por su lado, con sus 70 y tantos encima, miraba, casi de manera incrédula y hasta infantil, toda la fiesta que se generaba en las gradas. Con la radio pegada al oído, porque había que estar atento también a lo que ocurría en otra cancha, y con su hijo como guía, se secaba el sudor de la frente con un pañuelo y se acomodaba cada tanto las canas sin dejar de sorprenderse con todo lo que ocurría a su alrededor.

Isabela, de apenas un año, y socia del club de barrio Obrero desde los 2 meses, era la más entusiasta. Con la inocencia propia de su edad, sus bellos ojitos brillaban con cada bandera agitada y acompañaba con gritos de emoción la alegría de su mamá y su papá, quienes se turnaban para arroparla en sus brazos y que no se pierda detalle alguno de la fiesta. Lo increíble de Isabela era que en ningún momento se inquietó, parecía estar consciente del lugar que ocupaba como hincha de un equipo que buscaba el título de campeón.

El abrazo entre Joel y Hernán tras el gol de Jorge Rojas fue de aquellos que llenan el alma con solo verlos. Su madre me comentaba después que era la primera vez que iban a La Nueva Olla. Era el regalo, fruto de un gran esfuerzo económico, que pudo darles a sus hijos por haber pasado de grado. Y qué regalo. También presencié el abrazo entre Raúl y su padre, quien entre lágrimas le agradecía a su hijo por estar con él en ese momento pese al examen que le esperaba el lunes, pues luego de varios años fuera del país volvía a ver a su equipo campeón. Don Marcial tampoco pudo contener las lágrimas, principalmente luego del penal convertido por Diego Churín, ya que una enfermedad no le había permitido ir a ver a su querido Cerro en los últimos años. Ahora, con la mejoría que presentaba, su hijo mayor le había sorprendido cuando compró las entradas para este último juego. Isabela, la ternura personificada, estaba maravillada con los juegos artificiales en el momento de la eufórica celebración por la estrella 32 del Ciclón, la primera que vive la pequeña, y que seguramente le contarán sus orgullosos padres más adelante.

Son cuatro pequeñas historias vividas el domingo en La Nueva Olla en la consagración de Cerro como campeón del torneo Clausura. Cuatro historias que demuestran que el fútbol es mucho más que fútbol.

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