Opinión

El talentoso vendedor ambulante

Era día de ir por las provisiones al supermercado. A lo lejos observé una silueta que me parecía conocida. Ofrecía productos en la vía pública, en medio de la normal acumulación vehicular en plena época de restricciones por la pandemia del coronavirus.
09/07/20 - 11:49
  • Imagen de referencia, con niños jugando al fútbol. Foto: Javier Ferreyra / La Voz.
    Imagen de referencia, con niños jugando al fútbol. Foto: Javier Ferreyra / La Voz.
Por David Arana
David.ARANA@tigo.net.py

Al pintarse de verde el semáforo pasé relativamente cerca del vendedor ambulante, y sí, efectivamente comprobé que era Ricardo, que ahora tendría unos 23 o 24 años, aproximadamente. Pero ¿quién es Ricardo? ¿y por qué aparece parte de su historia en una columna de opinión sobre deportes? Porque, simplemente, era la mayor promesa del fútbol que mis ojos habían visto en años, cuando por aquella época mis horas laborales las dedicaba a la docencia.

Ricky, como le decían en el colegio, y muy probablemente en su barrio y entre sus familiares, era ambidiestro, tenía una técnica depurada, innata, para manejar a su antojo el balón, ese artículo tan complejo, inclusive para muchos futbolistas profesionales, pero que nos genera tanta pasión. A su delicadeza para tratar el esférico, Ricky le agregaba velocidad a su desplazamiento, algo que no todos los talentosos suelen desarrollar. A todo esto, el muchacho en cuestión podía trasladar el esférico atado al pie o lanzarlo para adelante para tomarlo después y, sin marca, anotar un gol.

Y sí, por si fuera poco, Ricky tenía gol. El grito sagrado lo acompañaba en cada partido jugado en algún intercolegial, competencia en la que en dos ocasiones lo vi levantar la copa de campeón gracias a su tremenda habilidad. Evidentemente tenía muchos aspectos por mejorar, considerando que era como un diamante en bruto al que había que pulirlo y llevarlo de a poco.

Ricky no formaba parte de los cursos en los que impartía mis clases, pero en varias ocasiones tuvimos largas y distendidas charlas sobre lo que más nos genera alegría: el fútbol. De esas conversaciones, me quedo con la sencillez de un joven que siempre veía el lado bueno de las cosas, regalando constantemente una sonrisa.

Su historia es muy similar a la de muchos chicos paraguayos que sueñan con ser futbolistas, pero quedan en el intento por una serie de circunstancias. De niño comenzó en alguna precaria escuela de fútbol de su barrio, para más tarde, en su adolescencia, trasladarse todas las mañanas hasta un club capitalino que lo fichó por su increíble talento.

Ricky madrugaba para ir a la práctica (con dos buses de por medio), regresaba a tiempo para ayudar a su familia (venta de comestibles o cualquier otro producto en la vía pública) y después iba al colegio, que lastimosamente dejó de lado cuando le faltaba un año y medio para terminar la secundaria.

¿Y el fútbol? Bueno, en ese aspecto de su vida, la quimera concluyó luego de varias promesas incumplidas de su “representante”, oportunidades que no se cristalizaron cuando el momento era el indicado para dar el salto a la Primera, alguna que otra lesión inoportuna, de la que era factible recuperarse con un control médico adecuado, y la necesidad de trabajar para seguir ayudando a la alicaída economía de su numerosa familia.

Pensé en acercarme a saludarle cuando lo vi aquella mañana, pero la pandemia y el distanciamiento social generaron que me abstenga de hacerlo. A lo lejos vi que mantenía esa alegría en el rostro, como cuando llevaba un balón atado al pie.

Finalmente, me quedé con esa imagen del talentoso vendedor ambulante, de ese que pudo ser una gran estrella de fútbol paraguayo o simplemente ser alguien que llegaba a la Primera División, algo que dicho por el mismo protagonista era su sueño.

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