Opinión

El perdedor no tiene ganas de participar de la fiesta ajena

El comportamiento de los jugadores de Guaraní al final del partido que definió al campeón del Clausura, y durante la ceremonia de entrega de premios, fue bochornoso.
05/01/21 - 14:53
  • Trofeo entregado en la final del torneo Clausura.
Por Robert Singer
rsinger@tigosports.com.py

Individual y colectivamente los aurinegros demostraron una incorrección que llegó incluso a ser peligrosa porque en determinado momento se instaló la sensación de que las cosas iban a salir del cauce normal, ya que flotaba en el ambiente una posibilidad de que las agresiones verbales que salían de bocas de los muy nerviosos jugadores pasaran al deplorable plano de la agresión física, cuyos destinatarios serían los integrantes del equipo arbitral.

Extraña y lamentablemente no había –o, por lo menos, nosotros no vimos- autoridades policiales que pudieran poner orden ante una situación como la mencionada. Es cierto que hoy en día no hay público en los estadios, pero, de todas maneras, creemos que por lo menos una mínima presencia policial debió haber estado en el sitio de tal forma a garantizar que todo corriera normalmente.

La mala educación de los jugadores del excelente equipo aborigen continuó durante la ceremonia de entrega de medallas a los vice campeones. Bautista Merlini subió en “chinelas” y ni bien recibió su medalla se la quitó, en un gesto que fue repetido por muchos –la mayoría- de sus compañeros. Cuando le tocó el turno a Gaspar Servio, el arquero recorrió la tarima dejando la impresión de recriminar a los dirigentes que estaban a cargo de la entrega y, finalmente, cuando el capitán del equipo, Javier Báez, recibió el trofeo que le correspondía, se mandó un mini discurso que, también, pareció una severa queja recibida directa y pacientemente por el presidente de la APF, Robert Harrison.

Una desubicación total, individual y colectiva, que manchó la magnífica campaña de un gran equipo. Una pena. Dicho esto pasemos a señalar algo que, creemos que en alguna oportunidad, hemos compartido con el amigo lector y que tiene que ver con el desagradable momento que los perdedores de la final se ven obligados a soportar por una cuestión contractual, sumada a un mal entendido –para nosotros-  ejercicio del juego limpio.

En los juegos olímpicos los atletas participan de las diferentes modalidades atléticas y si bien hay un grupo que va en búsqueda de la codiciada medalla de oro, cuando no la consiguen aceptan la de plata o la de bronce y, al margen del entendible dolor de no haber podido ganar la competencia, el hecho de subir al podio constituye, de por sí, un enorme orgullo, una enorme satisfacción.

En el fútbol es distinto. Cuando dos equipos llegan a un partido final, lo hacen con todos sus sentidos puestos única y exclusivamente en lograr el campeonato, en levantar la copa. La segunda opción ni siquiera es admitida como posibilidad, por más que se trate de un equipo que nunca haya llegado hasta una instancia como esa.

Cuando termina el partido y los jugadores del vencedor festejan, los perdedores lo único que quieren es desaparecer lo antes posible, refugiarse en el vestuario, llorar el desconsuelo y, poco a poco, ducha de por medio, aceptar la derrota que, si fue de manera “normal” es más fácil de digerir. Si, como ocurrió con los jugadores de Guaraní, los perdedores entienden –equivocadamente, en este caso- que les “robaron” la situación, es doblemente triste y humillante para quienes el título de vice pasa a ser casi una ofensa.

Dejemos la situación en el plano de una derrota sin reparos de parte del perdedor. Aun así, los jugadores no quieren quedarse allí. Ven que el circo se va armando, ven que la fiesta se va organizando alrededor de ellos, pero saben perfectamente que ellos están allí de puro relleno, como convidados de piedra.

En el 2004, Boca perdió la final de la Libertadores ante Once Caldas de Colombia y el técnico Carlos Bianchi, al tiempo de consolar a sus jugadores, los llevó al vestuario y nunca más volvieron. Irónicamente, después, al ser interrogado por esta actitud, Bianchi respondió: “No sabía que había medallas para el segundo puesto”.

Ya hemos señalado que no fue correcta la conducta de los jugadores de Guaraní y no lo fue tampoco la de los de Boca Juniors y su técnico aquella vez, pero, al margen de criticar estas actitudes -que se han repetido a lo largo de los años en distintas premiaciones- tratamos de ponernos en la piel de quienes acaban de dar la vida, deportivamente hablando, en pos de una copa que no consiguieron conquistar y no debe ser agradable quedarse a ver la premiación de los vencedores.

Hablando bien y pronto…el perdedor no tiene ganas de participar de la fiesta ajena.

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