Opinión

Brasil del 70: “jogo bonito” en su máximo esplendor

El 21 de junio se cumplieron nada menos que las bodas de oro de lo que fue, vaya coincidencia, el broche del mismo metal de una campaña simplemente fabulosa, la más perfecta –por números y rendimiento- de todas las que haya podido tener una selección en un mundial: nos referimos a Brasil, la selección que en el Mundial de México, en 1970, conquistó el tricampeonato que le permitió adueñarse para siempre de la Copa Jules Rimet, antecesora del trofeo actual.
23/06/20 - 15:10
  • Pelé, en andas en la celebración del título mundial en México 70. Foto: Fox Sports.
Por Robert Singer
rsinger@tigosports.com.py

Curiosa –y lamentablemente- no vimos en los distintos medios de comunicación el reflejo de lo que fue aquella selección liderada por el Rey Pelé, que tenía por laderos y escuderos a tipos que, de no ser por la presencia de quien era el indiscutido N° 10, bien podrían haber utilizado esa mítica camiseta.

De hecho, Gerson (Sao Paulo), Jairzinho (Botafogo), Rivelino (Corinthians) y Tostao (Cruzeiro) eran o habían sido los dueños de esas camisetas en sus equipos.

Un polémico periodista llamado Joao Saldanha fue quien tuvo a su cargo formar esta selección e incluso fue quien dirigió a la Canarinha en sus partidos contra la selección paraguaya en las Eliminatorias de 1969.

En Asunción, en el entonces denominado simplemente “Estadio de Sajonia”, Brasil nos ganó 3 a 0. Fiel a nuestro eterno estilo de meternos bajo el travesaño -pese a que, también como casi siempre, teníamos muy buenos jugadores (Arsenio Valdez, Benicio Ferreira, Saturnino Arrúa, Lorenzo Giménez, por ejemplo)- íbamos aguantando hasta que a los 70 minutos Valentín Mendoza, lateral izquierdo albirrojo, venció al extraordinario Raimundo Aguilera con un cabezazo que se metió en un ángulo. Ese gol en contra fue un baldazo de agua helada y finalmente con goles de Jairzinho y Edu, Brasil selló un 3 a 0 incuestionable.

Permítanos, amigo lector, un breve paréntesis para ejemplificar lo que decíamos del potencial del equipo paraguayo. En esa época las Eliminatorias se jugaban por grupos. Sudamérica tenía solamente tres cupos para el Mundial y Paraguay compartió la zona con Brasil, Colombia y Venezuela. Brasil ganó el grupo y clasificó con 12 puntos, triunfando en todos sus partidos (eran dos puntos por partido ganado) y Paraguay quedó segundo con 8 ganando los cuatro partidos ante los otros rivales. Uruguay y Perú fueron los otros clasificados al Mundial.

Seguimos. El partido de vuelta ante Brasil era el último de la serie y tanta era la expectativa en el país vecino que los 183.341 espectadores que asistieron al Maracaná marcaron para siempre el récord de asistencia al histórico estadio, que a la sazón era para unas 200.000 mil personas.

A los 68’, Pelé logró convertir el único gol. Uno a cero, clasificación sellada. Comenzaba allí la caminata al tricampeonato.

Por motivos de política deportiva y también extradeportiva Joao Saldanha (era comunista en un momento en que en Brasil era presidido por un militar, el general Emilio Garrastazu Médici) fue destituido y en su reemplazo fue designado Mario Lobo Zagallo.

Como ha ocurrido, ocurre y seguirá ocurriendo hay centenas de anécdotas, rumores, mitos y leyendas acerca de la formación de ese equipo, pero esta columna pretende hablar de lo que quedó demostrado en la cancha, de lo que quedó plasmado en cada uno de los seis partidos que fueron verdaderas exhibiciones de lo que de arte, al más alto nivel, tiene este juego.

Como quiera que se haya armado el equipo lo cierto es que algo fundamental fue el hecho que tantas figuras de enorme calidad reconocieran que allí había una sola figura, y sin sentirse humilladas se predispusieran a dar lo mejor de cada uno en pos de un objetivo común. Y vaya si lo consiguieron.

De 6 partidos Brasil hizo 4 goles en 3 de ellos incluyendo la final en la que le pasó por encima a Italia. Si se tratara de dibujar en una pizarra a ese Brasil uno podría decir que delante del arquero Félix había una línea de 4 defensores: Carlos Alberto, Brito, Piazza y Everaldo, podríamos tomar a un doble 6 con Clodoaldo y Gerson o podríamos incluir en esta línea por izquierda a Rivelino, abierto por izquierda dejando a la derecha a Jairzinho, como extremo y a Tostao como falso centrodelantero. Y, claro, totalmente suelto, Pelé, que paseaba su estampa por toda la cancha por lo que sería casi imposible encasillarlo en un esquema.

Holanda del 74 fue una selección fantástica y que también nos marcó, pero lo de la famosa “Naranja Mecánica” era distinto. Holanda sorprendió al mundo por su fútbol sin puestos fijos, su estética colectiva estaba basada en un rendimiento físico y táctico, por un despliegue a lo largo de todo el partido, sin altibajos, pero ese equipo dependía del fabuloso Johann Cruyff para marcar una diferencia técnica, de fantasía, de inventiva. Sin él, Holanda bajaba mucho y esto quedó demostrado en la final ante Alemania. Al minuto Cruyff hizo una gran jugada, le cometieron penal, Holanda se puso 1 a 0, pero a partir de allí Berti Vogts, un tenaz lateral alemán le hizo marcación personal, Cruyff ya no volvió a aparecer, Holanda sintió su ausencia y Alemania dio vuelta el partido y se quedó con la Copa del Mundo.

Brasil 70 era, sin embargo, una orquesta llena de solistas con un director extraordinario que a su enorme calidad técnica le agregó el hambre de gloria, esas ganas de despedirse al nivel más alto posible.

Pelé -que venía de una gran decepción personal y colectiva en el mundial de Inglaterra 66- quería esa copa y lo suyo fue tan extraordinario en México, que más allá de sus tres goles hubo otras tres jugadas que no terminaron en la red pero sí en las páginas de oro de los Mundiales:  el cabezazo que le saca el arquero inglés Gordon Banks, considerada la mejor atajada de los Mundiales, un tiro desde su propia media cancha, contra Checoslovaquia que pasó rozando un poste y la mágica jugada contra Uruguay en la que sin tocar la pelota elude al arquero Mazurkiewicz, va a buscar el balón, gira y su tiro de nuevo se va al lado de un poste. De “yapa” como “bonus track” futbolero van la bajada de cabeza para el gol de Jairzinho contra Italia (el 3°), el pase para el gol del mismo Jairzinho contra Inglaterra y, finalmente, el “tomá meté”, el mbo syryry (“hacerla resbalar”, en una traducción literal que no refleja la expresión futbolera) que fue el pase para el gol del capitán Carlos Alberto en la final ante Italia (el 4°).

Si con el Barcelona de Guardiola y Messi se habló de la posesión de pelota aquella selección ya era excelente en ese rubro. Desde la salida limpia, la subida de sus dos laterales, el capitán Carlos Alberto, por derecha y Everaldo, por izquierda y el manejo de sus volantes “de contención”. Si de presionar bien arriba se habla hoy, también hay un punto a favor de esa selección que cerraba espacios con sus dos volantes de enorme técnica acercándose a sus estrellas de ofensiva.

Y, claro, una vez que tenían la pelota esos muchachos, la cosa iba en serio. Y cuando, pese a tanta calidad, no se podía encontrar el espacio para llegar tocando, allí aparecía la zurda mágica de Gerson para poner pases de 30/40 metros a los pies, la cabeza o el pecho de sus compañeros o para meter un zapatazo de media distancia como el segundo contra Italia. Alternativas, variantes, el más completo repertorio. La fantasía, la genialidad, el talento individual al servicio del equipo.

Jugar lindo, sí, pero para ganar.

De verdad, amigo lector, si usted no llegó a ver jugar a esta selección nos permitimos recomendarle que busque estos partidos y se haga de tiempo para ir viéndolos y disfrutándolos. No se va a arrepentir.

De nuestra parte lo único que podemos asegurarle es que esta selección fue la que nos hizo enamorar del fútbol. Que no le quepa ninguna duda: fue Brasil del 70, el “jogo bonito” en su máximo esplendor.

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